
No se trata de una enfermedad rara, porque además de muy usual en algún grado, está asociada a muchos otros problemas psicológicos como el neuroticismo, la anorexia, los trastornos de ansiedad o el estrés, por mencionar algunos de los más conocidos. En psicología entendemos el perfeccionismo como un rasgo de nuestra personalidad, que puede llevarnos a desarrollar una problemática altamente peligrosa para nuestra vida personal y social. Los padres más puristas suelen soñar con hijos que rayen en la perfección, de los que puedan presumir constantemente como únicos en su género y en su especie, por modélicos e irrepetibles. Son los que ante una calificación escolar de nueve sobre diez suelen decir: «estoy seguro de que lo puedes hacer mejor». Acrecientan sus anhelos en conseguir que sus vástagos se esfuercen hasta límites inalcanzables, para conseguir superar alguna de las frustraciones propias o simplemente por vacilar de hijos perfectos. Este puede ser uno de los principios de este mal, el empeño desproporcionado de los padres.
Desde el punto de vista de los hijos, y parafraseando un pasaje del libro de la profesora Adderholdt-Elliott, «es maravilloso no tener que ser el hijo perfecto, el estudiante perfecto, el hermano perfecto, el amigo perfecto. Simplemente puedo ser yo mismo y los demás me siguen apreciando igual». Es como salir de un yugo que te mantiene aferrado al deber de cumplir con lo que se espera de ti, pero en superlativo, y cuando logras escapar de ese lastre, sientes el alivio de estar liberado de una cadena que no te servía absolutamente para nada, excepto para amargarte la vida. El niño perfeccionista, al igual que el adulto, es una persona altamente insegura, que no ve un límite positivo en sus acciones por muy buenas que estas lleguen a ser, por lo que en gran cantidad de ocasiones dudan en hacer las cosas por miedo al fracaso. Los psicólogos de la educación denominan a los súper niños preescolares de invernadero porque desde antes de nacer ya están programados para el éxito, quieran o no quieran, por la exigencias de unos padres ávidos de recompensas filiales.
El perfeccionista tiene pensamientos encadenados que rondan siempre el mismo círculo: «tengo que hacerlo bien», «tengo que ser el mejor», «si alguien me supera, me muero», «no puedo soportar que me corrijan». Selecciona a sus compañeros en función de sus éxitos; no tolera el error; cuando obtiene el máximo rendimiento reconocido se sigue sintiendo mal; se convierte en un auténtico intolerante; desprecia a los que no luchan como él; critica ferozmente a quien se atreve a cuestionarlo; echa más horas que un reloj en el trabajo aunque suelen ser improductivas, porque se entretiene demasiado en los detalles; rehuye los nuevos proyectos por el terror que le provoca un posible fracaso; tiende a trabajar en solitario, porque considera que hacerlo en equipo diluye y empobrece los resultados, alejándose de lo que a él le parecería adecuado.
Si en algún momento se ha sentido perfecto o tiende a la búsqueda de la perfección de una forma obsesiva, le aconsejo que abandone cuanto antes ese camino y persiga metas asequibles, ajustadas a un parámetro de normalidad. Eso será lo que realmente lo aproxime más a la verdadera perfección.
Fuente: http://www.laverdad.es/





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